
FUEGO FRECUENTE
Mira con piedad
los hechizos que aturden
y las ambiciones que trastocan
las balanzas del equilibrio social.
No olvides que hay que ser oídos y oír;
porque sin escucha, aunque amontones
toneladas de orejas,
lo humano se dialoga
sin romper yuxtaposiciones con el tejido social.
El discurso del amor no es
el discurso del poder:
cada uno padece de su propia originalidad
y habita, además, tiempos distintos.
Léxico, linaje, retórica y sintaxis:
urge devolverle a la humanidad la inspiración
para restaurar el equilibrio social.
CORAZONES MORTALES – microcuento
Mi abuelo Reynaldo decía que los muertos no conocerán a los muertos,
y que la vida guarda tantas cosas bonitas escondidas,
que si uno quisiera conocerlas todas,
se quedaría sin emociones.
Aun así, me llevaba a pasear,
y me enseñaba a buscar solo aquello
que podía alcanzarse con dos manos:
el pan, una dama bonita y los amigos.
Desde entonces, todo me ha parecido suficiente.
NÁUFRAGOS EN EL RIN- cuento
Desde el umbral del sueño de unos nibelungos nació el esqueleto del río Rin, y con él, Renania, envuelta en una infancia medieval aún viva entre ruinas. A orillas de sus aguas, los mensajes se disuelven como hálitos dulces, demasiado densos para una tierra forjada en mito y memoria.
Camino y sueño, mientras las ascuas del pasado arden bajo mis pasos. El río, con alma viva, arrastra recuerdos de una vida breve. No hay prisa: solo una bendición sobre los ribereños y sus esperanzas discretas.
El Rin fluye con peso antiguo, cargando la fantasía germana que talla su historia. En su paso, mi corazón despierta. Las nubes se rasgan. Cae la lluvia. El tiempo titubea.
Náufrago, permanezco. Porque no hay orilla más real que aquella donde mito y memoria se abrazan.
TRAS TUS SOBERANOS
Ya no irán mis ojos al Mediterráneo:
hay mares que solo se miran desde la ausencia.
Contar barcos en Hamburgo
es un oficio que mis pupilas han perdido.
¿Qué hacer aquí
sin los mares que saben vivir ante mí?
Si el mar me pregunta algo,
no sabré qué responder:
nadie me enseñó a hablar con lo inmenso.
Quien aprende a contar la arena del mar,
quizá también aprende a abrazar a Dios.
El mar y el hombre:
idilio de siglos milenarios que espera la muerte de pie.
